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Cuando los cielos ardían

Cuando los cielos ardían

tú extendías tu alma y mano hacia a mí,

nos unieron los atardeceres

y luego cada uno pintó una vida distinta,

el arcoíris compartido se rompió

como uno aguacero

y no buscamos refugio el uno con el otro,

ya habíamos aprendido tanto de nosotros mismos

que solo seguimos,

solos.


El paraíso fue saqueado

y el cielo jamás fue encontrado,

nuestra historia se deshilo

y en nuestras sombras

se tejieron telarañas.


No fuiste tú, fui yo,

pero ahí estuviste cuando le quité el vendaje a mi corazón

y mi sangre se purificó,

te mostré mi alma como si jamás hubiera estado herida

y te conté la historia de mis suturas,

me sonreíste dulcemente

cuando mis ojos se humedecieron

y escuchaste con atención mi voz quebrada,

me entregaste un atardecer rojizo

porque dijiste que sangraban como yo,

cada tarde pude ir más allá de mi caída

siéndome segura.

Me hiciste encontrar la lealtad en una amistad

y mi vulnerabilidad con alguien más,

dijiste que mi sensibilidad solo era una nube, no una carga,

amigo, cuando los cielos se extendían

las nubes que ellos siempre apuntaron

disparaban en colores.

Eduardo,

la primera vez que fui vulnerable con alguien fue contigo

y cada vez que me abro ante alguien

sé que estás atrás empujándome,

diciéndome que permitirme ser es lo mejor que puedo hacer,

de ti aprendí a confiar y a ganar.


Cuando vas a contemplar el mar

¿recuerdas cómo te ahogabas y desahogabas?

inhala y exhala,

el mar y una ola,

una y otra vez,

estarás bien,

y, si algún día me necesitas, aquí estaré.


Dijiste que gracias a mí

supiste cómo darle alma y palabra a cada cosa,

¿sigues escribiendo en la vieja libreta?

ya no tienes que compartirme

cada pensamiento ni experiencia,

de lejos sonrío cada vez

que tú sientes lo que te rodea

y a tu alma,

¿me puedes sentir a través de la distancia

o es que ya no estamos?


Años atrás, justo en el lugar donde nos conocimos,

alguien me dijo que se volvió más melancólico

desde que me conoció,

le pedí perdón,

luego tú me agradeciste por volverte sensible

y entendí que estaba bien.

En diciembre después de tatuarme un insecto

fui sola por un café y quien me lo entregó

se parecía bastante a ti,

le agradecí y le di una media sonrisa,

me quedé en la terraza haciendo tiempo

mientras Aldair iba por mí,

el cielo no ardía,

era azul

y recordé que jamás supe tu café favorito

o si lo bebías,

el cielo oscureció

y no pudimos evitarlo.

Amigo, lo efímero vuelve a atacar

y ya no queda nada más,

cuando los cielos ardían

nos solíamos conocer,

si alguna vez nos extrañamos

podemos contemplar el atardecer

para volvernos a ver,

para volvernos a perder

y está bien,

porque como los cielos ardiendo,

tú y yo nos dejamos ir con amor,

Eduardo, te llevo siempre en el corazón.

 

Eduardo es la única persona de la que me atrevería hablar abiertamente y poéticamente, gracias a la confianza que brindó nuestra bonita amistad. Además del permiso que él me dio para usar su nombre las veces que yo quisiera, incluso para aventarle de la madre. La razón de nuestra confianza jamás fue la cercanía (nuestro vínculo), sino la lejanía, vivimos en distintos países, así que nadie de los que nos rodea conoce al otro, si él hablaba de mí nadie le diría que yo no era así, si yo hablaba de él nadie iba a decir que él no era así, eso generó cierta libertad hacia la sensibilidad y a la vida.


A pesar que nuestra amistad terminó hace años (tal vez tres y posiblemente más, sí, aunque seguimos mandando un que otro mensaje después), le guardo cierto cariño y agradecimiento, él lo sabe, no es ningún tipo de secreto. Fue bonito mientras duró y no hubo ningún conflicto, como muchas veces, solo la vida misma que aleja, y como sucede en esas veces, no puedes condenar al otro ni a uno mismo.


Podría decir que Eduardo ha sido mi amistad más poética, en todo sentido, cada mensaje era como las cartas de Cortazar a su amigos, también había estupideces porque qué soy yo sin ellas. Si alguna vez yo me he desahogado con alguien como si estuviera escribiendo un poema, ha sido con él, posiblemente porque nuestra amistad fue a través de puro texto, un que otro audio que fue más los respectivos acentos que el propio entendimiento.


Si alguna vez le he escrito poema, su nombre está en el texto, no para que él lo lea, sino que no hay problema con decir para quién fue, hablar al respecto. Generalmente tengo ese conflicto, que a pesar de mi gusto por escribir, sé que no tengo derecho de hablar de nada ni nadie, más allá de una experiencia o sentimiento, no puedo detallar las situaciones, porque entonces no solo me involucraría, digamos que puedo mostrar una fotografía y no hablar del día, tú puedes inventar una historia y está bien, eso es la poesía, en mi caso. Ya en cuestiones de personas con quienes comparto mi apellido, tengo el deber existencial de exponer mis problemas o cariño. De todas maneras, siguen siendo desde mi experiencia (si la poesía es personal evidentemente), si escribo sobre alguien más, puedo poner representaciones, no iría a realmente ponerlo en el eje, sino en el margen de la hoja, del poema. En caso de en el poema poner un nombre, es porque estoy contando algo y la persona formó parte de esa anécdota, no que tenga la fuerza de la vulnerabilidad, por ejemplo, en este mencioné a Aldair y todo lo escrito es muy punto y aparte de él, de él sí sé cuál es su café favorito y que gracias a mí ya bebé café frío, a veces.

De las personas realmente significativas en toda mi vida, posiblemente solo me atrevería mencionar a dos, porque puedo nombrarlos y esas personas lo saben, no hay nada que pueda contar de ellos o del vínculo-cariño que no haya sido expuesto ante el ser. Y claramente Eduardo fuera uno de los mencionados, el otro Mafer, porque sabe y saben. Sobre las otras personas realmente significativas, no pregunten quiénes o por qué, así está bien.


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